
Porque eres capaz de reírte, aun cuando tu cara no te deja por las quemaduras. Porque cuando me miras, sonríes, aunque te duela. Porque me encanta que te encante mi acento, y me encanta que se me contagie tu risa, haciendo de la peor situación, la mejor. Porque me encanta poder bajarte los brazos, cuando se te contraen y rabias de dolor.
Porque me ilusiona, cuando, todos los días desde hace una semana, me preguntas de dónde soy, y se te ilumina la cara, contándome que tu madre y tus tías también son de Córdoba, sin recordar que te lo conté ayer, antes de ayer y el día anterior. Ojalá tuviesemos, "los sanos", la capacidad de ilusionarnos tanto por las cosas que ya nos ilusionaron una vez.
Porque a ti, me encanta preguntarte si estás contento, me encanta estereotiparte aún más, porque me encanta escuchar: "me como a darolina", seguido de un, "hola darolina", y me acercas, para darme un beso, y me miras, diciendo: "no te vayas". Pero lo que más me gusta, es que cuando me voy, sigues con otras de tus frases, como si no hubiese pasado nada, sin dejar paso a la tristeza. Me encantaría aprender eso de ti.

Y porque a pesar de todo, adoro descubrir que dentro de tanta gente que se matan los unos a los otros, están los verdaderos protagonistas, están los que merecen la pena, están aquellos, [anosognoses, o no], que lejos de matar, abrazan. Lejos de llorar, sonríen. Lejos de envidiar, ayudan.
Y por ellos, ha merecido la pena llegar hasta aquí.
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